Este texto comienza hace dos años en un viaje a Tijuana. Aunque a decir verdad, no comienza exactamente por el viaje, sino por una entrada que subió Jimena a su blog: blackrhyno. Píquenle. Tiene unas imágenes increíbles (entre sus muchos talentos, Mena es fotógrafa, buena fotógrafa) y unas palabras lindas.

Las fotos que tomó están en su blog: www.blackrhyno.wordpress.com
En fin. El viaje, las fotos y el blog me dieron gusto. Y pensé: qué bueno que hicimos eso, qué bueno que nos lanzamos, de la nada, cuatro días a la frontera, qué bueno que nos divertimos tanto, qué bueno todo en general y, especialmente, ¿cuándo lo repetimos?
Luego me acordé de lo mucho que me falta por hacer. Pendientes que ignoro exitosamente durante el día pero que, sin falla, aparecen necios a las tres de la mañana y no me dejan dormir. La revista (vamos atrasados), la solicitud para la maestría (estoy paralizada), las cartas de recomendación (que no he pedido), los planes para el futuro (ni como defenderme) y eso de cumplir mis Metas con M mayúscula (que primero tendría que definir). No tengo nada resuelto y así, toda incompleta, no puedo lanzarme a ninguna frontera.
Mi cómodo descenso por una espiral de autocompasión fue interrumpido por un fin de semana… ¿raro? Un fin de semana difícil de describir. Porque bailé toda la noche en una celebración de gitanos y, pocas horas después, me vestí de negro para darle un abrazo a mis amigos que perdieron a alguien cercano y querido.
Así comienza este texto, con una fiesta y un velorio (que chida y breve es la vida). ¿Y el título? Alguién me dijo una vez “la felicidad es desear lo que tienes”. Este lunes pensé que la felicidad, cómo sea que la prefieras definir, se parece a la solicitud para la maestría: a veces no dan ganas, pero hay que trabajarla. Entonces, ¿a qué frontera quieren ir ahora?
Ma. Cristina Alemán