Fue durante los años ochenta cuando cientos de niños decidieron sin razón aparente, molestar a sus padres hasta el cansancio con tal de conseguir que los inscribieran en alguna clase de karate. Hasta ese momento, ningún jefe de familia daba crédito a la reciente enajenación de su pequeño por las artes marciales, lo único que notaba es que el niño se la pasaba repitiendo la siguiente frase “encerar, pulir”. Al final, sólo padecimientos provocados por una de las sagas mas importantes en tiempos del spray y los pantalones con resorte en los tobillos, nos referimos a The Karate Kid (1984). Veintiséis años después y víctima del “refrito”, la historia del chico débil que se convierte en invencible vuelve a las pantallas con un objetivo ya conocido y muy contagioso, provocar en el espectador el deseo de convertirse en karateca, aunque sea por cinco minutos.
Recuerdo con emoción el momento exacto en que Daniel LaRusso (Macchio) restregaba su poderoso talón sobre la cara del güero y bastante pesado Johnny, todo esto durante la final del campeonato local de karate. Aún cuando en un sentido muy estricto esta escena termina siendo predecible y poco original, de su esencia surge un mensaje bastante positivo para los pequeños que se topan con esta joya del cine pop norteamericano, el saber que con perseverancia y mucha inteligencia, cualquier meta puede llegar a concretarse.
Es así como celebramos el regresó de Karate Kid, tanto los que vivimos en carne propia la versión original, como los cientos de pequeños que aún sin saberlo, están a punto de experimentar la excelente historia del ahora protagonista, Dre Parker (Smith) y su paso por los tortuosos pero muy educativos caminos de la vida.
Más allá de mencionar las enormes diferencias entre la versión original y la secuela en cuestión, valdría la pena comentar las raíces de la historia, es decir, sobre el elemento primario responsable de tanta emoción y sabiduría. Para sorpresa de muchos -me incluyo-, esta película basa su argumento en un pequeño cuento escrito por un premio Nobel de literatura, el japonés Kenzaburõ Õe (Ose, Japón, 1935).
Con una extensión de apenas tres mil palabras, el cuento titulado “Ume no chiri” -en español “A veces el corazón de la tortuga”- nos narra una historia muy parecida en esencia a la mostrada en ambas versiones de este clásico. Por supuesto guardar comparaciones entre el cuento y la película resulta necesario, y es que además de que el escrito resulta sumamente rico en cuanto a trama ¾y sobre todo violento¾, tiene el acierto de narrar con mayor profundidad y belleza, la peculiar relación entre ambos personajes.
Mientras que para Daniel el karate significa popularidad, chicas y golpes certeros, para Miyagi se ha convertido en una herramienta de introspección, una forma de encontrar el equilibrio entre la fuerza y el espíritu; al final un buen peleador no es el que logra vencer al enemigo con ventaja, sino el que evita la violencia y propone el dialogo. En palabras del Sr. Miyagi, el karateca de primer nivel se hace notar gracias a que posee un corazón de tortuga, “blando como su cara, pero al mismo tiempo fuerte como las patas que sostienen el caparazón”.
Con un reparto encabezado por Jaden Smith como el joven Dre Parker y Jackie Chan en el papel del Sr. Han, esta nueva versión de Karate Kid, que por cierto ya es todo un éxito de taquilla en EEUU, toma de las entrañas de su antecesora ciertos elementos básicos -el protagonista cambia de residencia, una chica es el detonador de los problemas, la relación maestro-alumno- para finalmente volver a concretar el mensaje antiviolencia y perseverancia propuesto en toda la saga.
Sobra decir que esta versión no es comparable con la otra y viceversa, ambas poseen pros y contras producto del tiempo y espacio en el que fueron realizadas; lo importante es que esta magnifica historia vuelve al cine con la obligación de provocar en los pequeños emociones que seguramente nunca olvidaran.
Es aquí cuando de forma muy nostálgica, me surge la necesidad de reencontrarme con aquella emoción que provocó en mí el ver Karate Kid por primera vez.
Quiñones
